José María Arguedas experimento en carne propia “la división cultural básica de su país” y con sus grandes dotes de narrador y su magnífica labor en la investigación etnológica y la divulgación de las artes populares que sirvió de vínculo vivo y fuerte, capaz de universalizarse, de la gran nación cercada y la parte generosa, humana, de los opresores. Por lo mismo que cuando niño, fue admitido a pertenecer a esta última.
José María Arguedas, tuvo la fortuna de no tener que repudiar parte alguna del doble legado. Es lo que siempre proclamó y en lo que volvió a insistir no hace muchos meses al recibir al Premio “Inca Garcilaso de la Vega”. Yo no soy un aculturado –dijo entonces empleando esa (al menos en español o, quizás sólo para nosotros) horripilante palabreja de la jerga antropológica con la que se quiere calificar al que rechaza y abandona la cultura, las tradiciones, la concepción de la vida del grupo étnico propio para adoptar las de otro- yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio, en español y en quechua. Deseaba convertir esa realidad en lenguaje artístico y tal parece, según cierto consenso más o menos general, que lo he conseguido.
Por: Maria Antonieta C.
Por: Maria Antonieta C.
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