jueves, 7 de julio de 2011

Arguedas y el quechua


José María Arguedas  vivió sus años de niñez en el mundo indígena, lo cual podemos apreciar a través de sus obras. Su lenguaje primario fue el quechua, el idioma de los Incas. Recién a los once años aprendió hablar el castellano en la escuela de Abancay, pero siempre para él, el quechua ha sido la lengua que el Perú debe entender por lengua madre u oficial. En algunas de sus canciones (por no decir en la mayoría) canta algunas en quechua, muchos de sus cuentos tienen títulos en quechua (como: Warma Kuyay, El Layk’a, etc) y si no es así, tratan de eso (como El Sueño del Pongo) y, aunque no suele estar asociado a la poesía, este escritor muy peruano tiene un poemario titulado "Katatay", el cual está escrito en quechua y ha sido galardonado con  Premio Copé de Oro de este año. Los poemas recopilados en este poemario mantienen una relación con los universos culturales quechuas y con los contextos sociales en que fueron producidos en el Perú de los años 60 (cuando Belaunde estaba al poder) En sus poemas Arguedas utiliza el habla del canto quechua, los cuales se destruyen durante la conquista y la colonia, pero para él este habla no terminó, nunca terminó, al contrario, siempre luchó porque las personas vean a esta como la lengua que nos identifica a todos los peruanos. A continuación les mostrare un poema extraído de “Katatay” y su traducción al castellano:


QUE GUAYASAMIN

¿Desde qué mundo, Guayasamin, tu fuerza se levanta?
Paloma que castiga
sangre que grita.
¿Desde qué tiempos se hicieron tus ojos que descubren
los mundos que no se ven,
tus manos que el cielo incendian?
Escucha, ardiente hermano,
El tiempo del dolor,
de los días que hieren,
de la noche que hace llorar,
del hombre que come hombres,
para la eternidad lo fijaste
de modo que nadie será capaz de removerlo,
lo lanzaste no sabemos hasta qué límites.


Que llore el hombre
que beba el suavísimo aliento de la paloma
que coma el poder de los vientos,
en tu nombre.
Wayasamin es tu nombre;
el clamor de los últimos hijos del sol,
el tiritar de las sagradas águilas que revolotean Quito,
sus llantos, que acrecentaron las nieves eternas,
y ensombrecieron aún más el cielo. No es solo eso:
el sufrimiento de los hombres en todos los pueblos;
Estados Unidos, China, el Tawantinsuyo
todo lo que ellos reclaman y procuran.
Tú, ardiente hermano
gritarás todo esto
con voz aún más poderosa
e incontenible que el Apurimac.
Está bien hermano,
está bien, Oswaldo.

Por: Carmen Trelles

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